Los Mentideros de la Villa | La España de los 23 millones

El que haya cogido en los últimos dos años la Línea 1 del Metro de Madrid lo sabe. El que haya visto el sorteo de la Lotería de Navidad con los Niños de San Idelfonso lo sabe. El que se haya dado una vuelta por Bravo Murillo, Lavapiés, Gràcia, El Carmen lo sabe. El que haya visitado pueblos vacíos (de españoles) en el corazón de Castilla lo sabe. En España cada vez hay menos españoles, y cada vez nos falta más espacio y recursos para los pocos españoles que quedamos.

En las primeras dos décadas del presente siglo España ha asistido un crecimiento desordenado, descomunal e insostenible de su población inmigrante. Quiero dejar claro que la inmigración en sí no es un problema, puesto que siempre ha existido y siempre existirá. Los inmigrantes llegan y se van (o se iban) en los últimos siglos para cubrir el exceso de oferta laboral o para crecer en nivel socioeconómico contra su situación de origen. El problema es cuando esta inmigración se desborda tanto que desplaza al nacional, dejándolo fuera de juego en su propia tierra, sintiéndose extraño en el barrio o pueblo que le vio crecer. Esto es lo que está sucediendo hoy en España, y todo hace indicar que estamos bajo un aceleracionismo extremo que hará que la situación de hoy la veamos con morriña en unos años. El español ha sido definitivamente expulsado de sus calles, y esto no va a mejorar a corto plazo.

No vamos a entrar en las causas de esta inmigración desbocada y favorecida por las plutocracias globalistas y por supuesto el actual gobierno (echar un vistazo al incremento de la pendiente en la gráfica de llegada de inmigrantes bajo el gobierno de Sánchez mete miedo al diablo), sino que aquí vamos a plantear soluciones. Y las soluciones, cuando una nación contempla los abismos de la Historia, requiren de vigor, valentía y osadía.

Y así es como llegamos a proponer una revolución en dos frentes: la gestión de fronteras y la carta de naturalidad (o ciudadanía). Esta revolución tiene un lema muy sencillo: fronteras abiertas (sí, no se me asusten) y prioridad nacional. Vayamos por partes.

  1. Fronteras abiertas. Es un hecho que es imposible cortar a 0 la inmigración ilegal mediante el control de fronteras. Esto solo consume ineficientemente recursos del Estado sin lograr ningún control efectivo. Por Barajas siempre se van a colar andinos, y por el Estrecho siempre van a llegar magrebíes. Por tanto el primer paso es asumirlo, reconocer que el actual mundo no tolera que un soldado pegue un tiro al primer invasor que se asome por la frontera y afrontar la realidad demográfica y laboral de Occidente como adultos. Hagamos un llamado al ciudadano del mundo: España concede permiso de residencia inmediato e ilimitado a cualquier persona del orbe.
  2. Prioridad nacional. He aquí el quid de la cuestión. El permiso de residencia nunca implicará carta de naturalidad. El mensaje será muy claro: hay ciudadanos de primera (los nacionales) y ciudadanos de segunda (los inmigrantes). La soberanía, beneficios y derechos fundamentales recaerán sobre los nacionales, que deberán demostrar haber nacido en España y tener dos padres españoles (en el futuro serán cuatro abuelos españoles) para ser considerados tales. Tener carta de naturalidad española otorgará a su poseedor una prioridad absoluta en cualquier circunstancia: becas, puestos de a administración pública, rebajas de impuestos, subvenciones, servicios. Pero no sólo eso, también implicará prioridad en mesas de restaurantes, barras de bares, colas de eventos, cajas registradoras de supermercados o medios de transporte público. Se oirá eso de <<Caballero, caballero, deje paso usted que se acerca un español.>>

Muchos dirán que esto es radical, y que va contra los Derechos Humanos. ¿Acaso ser el primer país del mundo que automáticamente concede el permiso de residencia a cualquiera que lo pida es retrógado? Solo estamos poniendo unas reglas muy claras: aquí es bienvenido todo el mundo (no somos racistas ni xenófobos) pero el natural (el español) es prioritario.

Juzguen ustedes, pero mi apuesta es que teniendo la política de fronteras más progresista del mundo combinada con una política de prioridad nacional fuerte conseguiríamos ese concepto que se va poniendo de moda, la remigración, y sin gastar recursos del Estado, y dejando actuar a la libre voluntad humana, pronto llegaremos de nuevo a una España de los 23 millones. De españoles, claro.

Incorrectista